“Romper los umbrales de la historia”:

Esta columna iba a ser otra, pensaba contar otras cosas que quedarán para otras oportunidades. Pero cambió porque esta mañana, de pura casualidad, leí por primera vez a Pedro Shimose, un poeta boliviano de pluma rebelde y comprometida. Así es que, en ese descubrir a un escritor brillante dispuesto a ofrecer sus versos para la denunciar las injusticias, me encontré con “Manifestación” un hermoso poema, invito a que lo lean;
Con la rabia en el ají,
salgo con mi cóndor bajo el brazo,
cruzo la calle con una piedra en la mano,
camino con un policía vigilándome el hambre,
busco el oído y el ojo de la noche,
pego carteles, corro por las plazas,
grito con una brasa en la lengua,
pinto las paredes: ¡Que viva “el Che"!
Me dan agua en manguera,
soy el fuego;
me dan relámpago en humo,
soy la tierra;
me abren una herida donde sea,
soy el pueblo;
me persiguen, me encarcelan, me torturan.
Canto mi libertad, muevo adoquines,
rompo maderas y cristales, canto,
voy a la huelga con mi miedo natural y un sorbo
(de café caliente;
vuelo por la ciudad, rasgo el aire,
(rompo las vidreras,
golpeo las páginas de los periódicos,
derribo puertas, venzo máscaras y cachiporras,
traspaso los umbrales de la historia,
¡Soy!

Precisamente de los que buscan “traspasar los umbrales de la historia” quisiera hablar. De esos hombres y mujeres que se entregan de puro solidarios. Este poema de Pedro Shimose me generó la necesidad de hablar de ellos. Entonces vayan dos ejemplos, dos historias que merecen ser contadas...

“El Gallego” Fernandez fue criado en un orfanato de Moreno – Provincia de Buenos Aires – y la vida lo llevó a Zárate, en donde se hizo hombre y buscavidas. Tuvo tres amores, siete hijos que luego lo hicieron abuelo cerca de una docena de veces. Yo lo conocí cuando era chofer de la empresa de colectivos locales, el suyo solía salirse del recorrido si alguien o algo lo requería. Fue obrero de la construcción, remisero, cocinero y finalmente “el dueño” una cuasiparrilla sobre la Ruta 6 en las afueras de Los Cardales - en la que se podía comer un buen asado con o sin plata -. Pero fundamentalmente fue de esos hombres imprescindibles a los que la solidaridad se le escapaba por los poros y lo rebalsaba.

El querido Gallego fue preso como parte de todos esos obreros y estudiantes rebeldes que acompañaron desde diferentes lugares la extraordinaria huelga de Villa Constitución en el año 1975. La derrota de la huelga generó que en el “cordón rojo”, desde Campana hasta San Nicolás, se desatara una represión feroz que fue el anticipo de lo que vendría luego cuando las botas tuvieron vía libre para torturar y asesinar. Fue detenido el 24 de marzo del 75 junto a otros 50 luchadores – en un operativo denominado “víbora roja del Paraná - y durante cuatro años fue un “preso político”. Su grito siempre dispuesto para la defensa de los oprimidos no se ahogó en aquella cárcel de Sierra Chica.

En los 80 fue delegado de los obreros de la UOCRA, reconocido y querido por sus compañeros – los trabajadores de Techint-. El Gallego siempre se destacó por representar la fuerza, la energía y el entusiasmo de un optimista incurable, por su permanente búsqueda del menor resquicio para colar una brasa punzante, que primero arda despacio hasta convertirse en fuego.

Luego con la década Menemista llegó la etapa de reinventarse y resistir; allí desde todos los lugares que le tocó ocupar siempre lo hizo con una enorme dignidad. En los últimos años la pasó fea, en muchos aspectos. Sin recursos, solo y algo gastado debió rebuscárselas para sobrevivir. Lo hizo con la misma natural alegría de siempre. Armó un carrito - al que pretenciosamente todos nosotros le asignábamos la categoría de parrilla - y la llamó La Frontera.

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La gran frontera” fue lo que cruzó Cota en 1924. Ella era una nena de 12 años que acompañaba a su papá en su costumbre de emprender largos viajes de turismo aventura con el Automovil Club Argentino. Su nombre Ada María, y era la hija mayor de una acomodada familia, los Feigelmuller. Ellos fueron los primeros en emular a San Martín al cruzar la cordillera, pero en auto.

De grande se casó, tuvo tres hijos y se convirtió en una coqueta señora de barrio Flores. Pero resulta que el 15/09/1976 los milicos asesinos secuestraron a Alberto, su hijo menor, y ella dejó la comodidad de su vida para salir a buscarlo.

Esa búsqueda que se convirtió en lucha la hizo renacer, la transformó en otra mujer, en una Madre. Así es que desde los comienzos, allá por el año 77, se puso el pañuelo blanco y salió a exigir ¡Juicio y Castigo a los genocidas!. Cuando ya había pasado los 90 años todavía seguía yendo todos los días a la casa de Las Madres para armar y enriquecer un archivo que permite tener registro de las atrocidades de los milicos. Iba en primera fila a todas las marchas, los jueves infaltablemente asistía a su lugar, La Plaza para “la ronda”. Ella “la nueva” Cota - la que yo tuve el placer y orgullo de conocer, admirar y amar – hizo suyas las banderas de su hijo y vivió perseguiendo utopías.

Me acuerdo ahora de una imagen que lo dice todo; el 20 de diciembre de 2001 yo estaba preparando uno de mis últimos finales para la facultad y, como suele pasarle a todo estudiante universitario en los días previos a un final, estuve aislado del mundo. Pero ese mediodía, para relajarme mientras comía, prendí el televisor y me encontré con el terrible escenario previo a la renuncia de De la Rúa, y ahí en la plaza en el medio del conflicto y de la represión veo el pequeño cuerpo de Cota soportando gases e intentando mantenerse en pié cuando los cobardes embates de la caballería intentaban sacarlas. Ahí estaban Las Madres de pañuelos blancos, con más arrugas pero con la misma firmeza - como en los 70 seguían siendo símbolo de resistencia - y no iban a abandonar su plaza.

En otra oportunidad los hijos preocupados por su salud no dejaron que se quede en “la marcha de la resistencia”- esa que duraba 24 horas y que eran el símbolo de Las Madres de Plaza de Mayo -. Ella para dejarlos contentos estuvo un rato y dejó que la acompañaran hasta su casa para irse a descansar. Resulta que cuando la dejaron sola se escapó para volverse a la marcha que era su lugar, su lucha y no la iba abandonar por una enfermedad o por las preocupaciones de los hijos.

Cuando muchos se escondían y cuando otros se hacían cómplices, Cota junto a otras con o sin pañuelo pero la misma rebeldía fueron los que mantuvieron el grito contra tanta muerte y desaparición. Pero luego trancendió la búsqueda de su hijo, socializó su maternidad - los 30000 eran sus hijos-, no aceptó indemnizaciones – la vida no se negocia - e hizo propia todas las luchas de “los de abajo”.

Vaya paradoja de la historia se murió en la madrugada del 15 de Septiembre de 2006, ese día se cumplía el 30° aniversario del secuestro de su hijo Alberto, ese día nuestra Cota – la rebelde del pañuelo - hubiese cumplido 30 años.

Estas líneas, quizás arbitrariamente, hablan solo de dos “imprescindibles” - de Cota y “El Gallego” -. Pero en ellos y en sus historias se reflejan las de miles, en fin la de nuestros los pueblos. Para “la historia hegemónica” son peligrosos poetas como Pedro, lo mismo que los pueblos que siguen cantándole a la generosidad y a la vida. Son peligrosos con sus sueños, sus gritos y su alegre rebeldía. En definitiva, y parafraseando a Galeano, son peligrosos los nadies cuando se ponen de pié y se plantan ante los titiriteros de la historia.

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