Un pequeño texto pensando en nuestros gigantes obreros contratistas riotercerenses


Sergio Almaraz: «Los cementerios mineros»

“Hay que conocer un campamento minero en Bolivia para descubrir cuánto puede resistir el hombre ¡Cómo él y sus criaturas se prenden a la vida! En todas las ciudades del mundo hay barrios pobres, pero la pobreza de las minas tiene su propio cortejo: envuelta en un viento y un frío eternos, curiosamente ignora al hombre. No tiene color, la naturaleza se ha vestido de gris. El minero, contaminando el vientre de la tierra, la ha tornado yerma. A cuatro o cinco mil metros de altura donde no crece ni la paja brava, está el campamento minero. La montaña enconada por el hombre quiere expulsarlo. De ese vientre mineralizado el agua mana envenenada en los socavones el goteo constante de un líquido amarillento y maloliente llamado copajira, quema la ropa de los mineros. A centenares de kilómetros donde ya hay ríos y peces, la muerte llega en forma de veneno líquido proveniente de la deyección de los ingenios. Al mineral se lo extrae y limpia pero la tierra se ensucia. La riqueza se torna en miseria. Y allí en ese frío, buscando la protección en el regazo de la montaña, donde ni la cizaña se atreve, están los mineros. Campamentos alineados con la simetría de prisiones, chozas achaparradas, paredes de piedra y barro cubiertas de viejos periódicos, techos de zinc, pisos de tierra; el viento de las pampas se cuelga por las rendijas y la familia apretujada en camas improvisadas - generalmente bastan unos cueros- si no se enfría, corre el peligro de asfixiarse. Oculto en esos muros está el pueblo del hambre y de los pulmones enfermos, los de las “tres puntas”, los del “veinticuatreo” (descendiente directo de los mitayos y los mingados de la colonia). Sin pasado ni futuro, esta miseria lo ha envuelto todo... Esta vida no puede resistir mucho tiempo. Los obreros de 38 años ya son viejos. Por cada año de trabajo en minas profundas, calurosas, mal ventiladas, envejecen tres. Las partículas de sílice producidas por los taladros al perforar la roca, quedan adheridas a los pulmones endureciéndolos gradualmente hasta producir la muerte lúcida y lentamente... La enfermedad para la cual no hay cura ni drogas se oculta hasta donde es posible, pero los ojos ardientes, la piel pegada como cuero seco en los pómulos y la fatiga constante, no pueden esconderse mucho tiempo. El y sus camaradas saben lo que pasa; las mujeres también; cuando aparecen los primeros síntomas -vómitos de sangre- callan.

No hay gestos desesperados. Ellas comprenden y se resignan. Cuando van a la chichería, dicen afectuosamente al marido, “tomate nomás”. Y beben olvidando. De todos modos no podrían hacer mucho adoptando normas de sobriedad, esto es si la miseria fuese compatible con esta virtud para ricos. El alcohol es la más inocente de las evasiones y la única de sus fugas. El fin se precipitará con una breve visita al médico; el certificado dirá “incapacidad total permanente”. Luego vendrá un extraño sepelio burocrático por las oficinas del seguro en La Paz, en las que luchará por lograr la calificación de su “renta” de incapacidad que nunca será más de la mitad del salario y frecuentemente la tercera y cuarta parte... Las últimas jornadas serán en un hospital donde un día la muerte se producirá por asfixia, debida a que esos pequeños restos de pulmones se niegan a seguir trabajando. La lucidez en ningún momento habrá abandonado al moribundo.”

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